No desayunaba cuentos sobre sueños por haber visto a muchas
alas estrellarse bajo ese pretexto, por perderse siguiendo una estrella sin
mapa, dejando el camino a su suerte. No confiaba en los extremos que rayaban en
blancos y negros, que no veían matices cegados por su lucha de egos. No creía
en hadas, pero las dibujada, atraída por todo lo que pudiera volar, por la
magia. No había sido fácil pero ya no importaba, no le gustaba abrir heridas cortándose
con historias pasadas, con paréntesis abiertos y puntos que parecían
incompletos.
Con esos ideales (así escuchó que los llamaban) guardados en
la mochila, comenzó un viaje, más tarde comprendería que no la llevaría a
ninguna parte. Es increíble el poco tiempo que le toma a uno vaciarse, perder
la motivación ante tantos interrogantes. Escribió respuestas con lápiz y las
guardó entre bocetos de mariposas, pretendiendo resumir la vida en los versos
que dejaba en sus hojas. Observando la belleza de frágiles burbujas, comprendió
que lo mejor no tiene por qué ser eterno, que en ocasiones los relojes son tan
irrelevantes que es posible detener el tiempo.
Encontré su historia en un pedazo de cielo, uno de los
mejores secretos ocultos en los susurros del viento. Aún le gusta saltar entre
las nubes, iluminar las noches con sus juegos de luces. A veces, sin querer,
nos volvemos a ver en fotos antiguas, me recuerda lo grande que puedes ser
cuando eres pequeño, reflejando su sonrisa en la mía.

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