Se aspiraba ese aroma a nostalgia que es el triste consuelo
de una presencia que se convirtió en humo. Y decidí apagar la música porque
ninguna nota se asemeja al tono de esa risa que, al recordarla, suena casi como
una burla a un gesto que ya ni se inmuta. Recorrí el papel con mis dedos y me
sorprendió lo áspero que se sentía, casi como si no quisiera que lo impregnaran
unas letras tan vacías. Tomé la pluma, que igual hubiera sido si tomaba un
trozo de hielo porque me congeló las manos, y la apoyé contra el papel.
Pero las letras no salían, por más que lo intentara no
querían tomar forma. Como si fueran actores sin guiones, negándose a continuar
con una obra que ni siquiera tenía espectadores. No sé cuánto tiempo me habré
distraído intentando recordar dónde había ido el público, contando a uno por
uno cuando los veía salir por la puerta, porque cuando vi el papel tenía una
gran mancha de tinta. Y entonces lo entendí. No era culpa del papel, de la
pluma o de las letras. No era la música el ruido, ni la nostalgia la culpable
de que estuviera despierta tan tarde. Era yo, una lapicera vacía que intentaba
escribir, un actor que enmudeció y olvidó su guión. Era yo quien no podía
gritar porque había regalado su voz.











