sábado, 31 de enero de 2015

Como si quisiera decir algo

Como la marca a mitad del libro, en la página que no leíste, como la luz del foco que no brilla, pero tampoco se extingue, que se distrae pensando en arcoíris. Como los bocetos difuminados al final de los apuntes. Como si quisiera decir algo, algo importante, y quedara divagando, como la brisa que nos despeina, riendo, y no hace más que enojarnos. Que quizás no entiendo, y lo que digo no tiene sentido, pero entre malentendidos algún tonto querrá volar conmigo. Y caer, y hundirnos, golpear la pared y salir del laberinto.
Y en eso, puedo mostrarte la magia que llevo en los bolsillos, pero debes cerrar los ojos, porque es tímida y no habla con desconocidos. Puedo darte una sonrisa, de esas que ya no hay, brillando en una botella, protegiéndose de nuestros vacíos. Restaurar los pedacitos que nos faltan con piezas que conservo de esos viejos amigos, que nunca volvieron para reclamarlas, que pesan y nos devuelven a la tierra cuando estamos perdidos. O sacar de pequeños sobres los planos del mundo, los engranajes de lo infinito resumidos en un mecanismo.

A cambio te pido que veas, que aprendas a sentir, a explicar sin definir, a dejar los conceptos para quienes quepan en ellos. El universo gira, nos marea con él, y no hay fórmula tan compleja que nos enseñe a quedarnos de pie. Pero desde el suelo, coloreando mariposas, volaremos fuera de las líneas, crearemos nuestros tonos entre sueños de papel.

lunes, 26 de enero de 2015

Colores invisibles

Solía ver aquella pared blanca como si de un hermoso cuadro se tratase. Cada tarde, después de salir del trabajo, se quedaba observándola totalmente fascinado por lo que sea que hubiera allí. Un día, llevado por la curiosidad, me escondí entre los arbustos para estar más cerca, quizás lo que se ocultaba en ella se encontraba fuera de mi vista, a una altura apropiada para un hombre de su edad. Después de esperar unas horas, cuando se fue a dormir, me acerqué silenciosamente y apilé algunas piedras que me permitieron explorar cada parte de ese misterio. Pero no había absolutamente nada, ni un dibujo, ni una inscripción, ni siquiera una mancha.
Abandoné la idea y asumí que el hombre estaba loco, al menos por un buen tiempo. Aunque no entendía cómo podía ser cuerdo en todo lo demás, excepto al acercarse a esa pared aparentemente vacía. No podía evitar molestarme al mirarlo por la ventana y pensar que él veía algo que yo no, como si me lo estuviese ocultando. Tanto fue así que un día me armé de valor y le pregunté “¿Qué es lo que ve en ella?” A lo que me contestó que era una pared mágica, y que podía ver lo que yo quisiera. Pero no conseguí ver nada, por más esfuerzo que hiciese. Creí que se estaba riendo de mí, aunque sonaba muy convencido. Volví a mirar más de cerca, concentrándome en cada detalle. “No veo nada” le dije, y sonrió como si estuviera esperando esa respuesta. “Es un cuadro precioso si tienes los colores correctos, poesía inspiradora si te entiendes con las letras, incluso una hermosa melodía cuando encuentras los acordes que te gustan. No busques frente a tus ojos lo que no tienes en tu mirada”. Y dicho eso, entró en la casa.
No sé por qué, pero aquello me molestó enormemente. Lo que sea que hubiera allí, él no estaba dispuesto a mostrármelo, y quizás yo no podría verlo nunca. Volví a mi habitación a pensar en lo que me dijo, que duró apenas unos segundos pero me quitó toda una noche de sueño. ¿Cómo se encuentra un color? Sus palabras parecían tener sentido, sin embargo no las entendía. Si no puedo ver nada es que sencillamente no está ahí, deben ser puros cuentos.
No sé qué habrá sido de aquel hombre, no tengo muchos recuerdos más de esa época, yo era muy pequeño aún. Lo que sí puedo contarles es cómo llegué aquí, aunque no les daré tiempo exacto porque eso ya no significa gran cosa en este lugar. El tiempo nos limita porque no sabemos cómo utilizarlo. Pero como iba diciendo, viví mucho tiempo en esa casa, aburrido de a ratos, ocupado en otros. Como si estuviera programado para realizar una rutina, para sobrevivir, y cuando se me dejaba libre no sabía qué hacer más que esperar a que me den otra orden. Un día estaba enojado, por alguna razón, y comencé a garabatear las paredes de mi habitación. Letras, figuras, o simplemente manchas de colores, no me importaba, me sentía frustrado y quería que alguien lo supiera, quería significar algo, ser más que otro árbol en un bosque silencioso. No me pregunten cómo, pero en un determinado momento los garabatos adoptaron formas increíbles, casi como si estuvieran vivos. Vi colores que no conocía, frases, música… un mundo completamente nuevo. Quizás encontré algo mío o tomé una realidad compartida por muchos que yo nunca había visto, realmente no importa, quería ser parte y continué creando esos mundos. No recuerdo el momento en que me quedé sin tinta, pero no evitó que los trazos continuaran apareciendo.
Ahora entiendo, o eso creo, lo que significaba esa pared en blanco. El que estaba en blanco era yo, completamente vacío, tomando por loco a quien había descubierto lo que yo, muchos años antes. En cuanto a aquella tarde en mi habitación, en mi antiguo mundo, antes de perder el aliento observando paredes “en blanco”, lo último que recuerdo es la voz de ese hombre, del que ni siquiera supe el nombre, diciéndome que sueñe todo lo que quisiera, pero en susurros, no tan fuerte como para despertar al mundo que todavía intenta dormir.

domingo, 25 de enero de 2015

En todo este entramado de concreto, aún quedan rincones para soñar en colores

Corriendo por las calles de la ciudad estaba en casa, así era como lo recordaba. Huyendo de algo, no sabía de qué, quizás de ella misma. De sus pensamientos, que se volvían demonios a media noche. Nada la hacía sentir más libre que vagar entre desconocidos, no había historias de por medio que pudieran cortar. Además, a esa velocidad no era posible que la miraran a los ojos, pretendiendo entender. ¿Entender qué? Eso nunca se lo explicaban. Al doblar en cada esquina parecía que iba a tropezar, pero era una sensación falsa. Y conocida. Había perdido tantas veces el equilibrio que ya no iba a caer, aunque el mareo trajera algo de nostalgia. Todo estaba diferente, más vacío, más ligero. Parece que los recuerdos decidieron no molestar, no hoy. Todas las señales desaparecieron, no veía por ningún lado algún nombre que le indicara hacia dónde ir, ni era necesario. Ella lo sabía perfectamente.
Subió al edificio más alto (no podía ser mediano, tenía que exagerar siempre) y se asomó a uno de los balcones para observar el vuelo de las aves. Prefería el de las mariposas por ser más torpe, pero ambos tenían una belleza única. Dibujaban coreografías en el aire, sin importarles en lo más mínimo lo que pasara en la tierra. Le recordaba al aleteo de su mente en esos momentos interminables, en los que de a ratos parecía que no estaba allí, y que acostumbraban interrumpir siempre. “No sueñes despierta” decían, porque nunca sintieron la libertad de poder estar en cualquier parte, en cualquier momento. Ni lo asfixiante que pueden ser cuatro paredes. Pudo estar así por horas, divagando, como en tantas ocasiones, pero esta vez era diferente. Con sus pies en el borde, dejó caer la mochila llena de fotos viejas y melodías desgastadas, para colocar en su lugar las alas que había construido con las hojas de un libro de cuentos, y atado a su espalda con delgadas cuerdas de violín. Al saltar pudo sentir cómo el viento tenía una armonía perfecta con su cuerpo, como si se conocieran de toda la vida. Y mientras jugaba con las nubes, le dijeron que era hora de volver a casa, como los pájaros vuelven a los árboles, mientras el sonido de la brisa cambiaba de tono y se hacía cada vez más fuerte.

La alarma la despertó a la misma hora de siempre, las calles volvieron a llenarse de multitudes cubiertas de espinas, de quienes no estaban pero no querían irse. Poco a poco la gravedad trajo el peso de vuelta, y la mochila seguía donde la dejó antes de acostarse. Entonces sintió la caída, sintió el dolor de las alas que habían desaparecido. Tenía tiempo, las paredes podían esperar un poco. Hace mucho que no veía libros de cuentos, así que escribió algunos y los transformó en pájaros. Cómo no, también quedó para fabricar unas alas, que adornó con cuerdas de guitarra (con tanto peso, cuatro cuerdas no son suficientes). Las colocó suavemente sobre unos bocetos de mariposas. “Hasta la noche”. Y salió con la mochila en la espalda.