Corriendo por las calles de la ciudad estaba en casa, así
era como lo recordaba. Huyendo de algo, no sabía de qué, quizás de ella misma.
De sus pensamientos, que se volvían demonios a media noche. Nada la hacía
sentir más libre que vagar entre desconocidos, no había historias de por medio
que pudieran cortar. Además, a esa velocidad no era posible que la miraran a
los ojos, pretendiendo entender. ¿Entender qué? Eso nunca se lo explicaban. Al
doblar en cada esquina parecía que iba a tropezar, pero era una sensación
falsa. Y conocida. Había perdido tantas veces el equilibrio que ya no iba a
caer, aunque el mareo trajera algo de nostalgia. Todo estaba diferente, más
vacío, más ligero. Parece que los recuerdos decidieron no molestar, no hoy.
Todas las señales desaparecieron, no veía por ningún lado algún nombre que le
indicara hacia dónde ir, ni era necesario. Ella lo sabía perfectamente.
Subió al edificio más alto (no podía ser mediano, tenía que
exagerar siempre) y se asomó a uno de los balcones para observar el vuelo de
las aves. Prefería el de las mariposas por ser más torpe, pero ambos tenían una
belleza única. Dibujaban coreografías en el aire, sin importarles en lo más
mínimo lo que pasara en la tierra. Le recordaba al aleteo de su mente en esos
momentos interminables, en los que de a ratos parecía que no estaba allí, y que
acostumbraban interrumpir siempre. “No sueñes despierta” decían, porque nunca
sintieron la libertad de poder estar en cualquier parte, en cualquier momento. Ni
lo asfixiante que pueden ser cuatro paredes. Pudo estar así por horas,
divagando, como en tantas ocasiones, pero esta vez era diferente. Con sus pies
en el borde, dejó caer la mochila llena de fotos viejas y melodías desgastadas,
para colocar en su lugar las alas que había construido con las hojas de un
libro de cuentos, y atado a su espalda con delgadas cuerdas de violín. Al
saltar pudo sentir cómo el viento tenía una armonía perfecta con su cuerpo,
como si se conocieran de toda la vida. Y mientras jugaba con las nubes, le
dijeron que era hora de volver a casa, como los pájaros vuelven a los árboles,
mientras el sonido de la brisa cambiaba de tono y se hacía cada vez más fuerte.
La alarma la despertó a la misma hora de siempre, las calles
volvieron a llenarse de multitudes cubiertas de espinas, de quienes no estaban
pero no querían irse. Poco a poco la gravedad trajo el peso de vuelta, y la
mochila seguía donde la dejó antes de acostarse. Entonces sintió la caída,
sintió el dolor de las alas que habían desaparecido. Tenía tiempo, las paredes
podían esperar un poco. Hace mucho que no veía libros de cuentos, así que
escribió algunos y los transformó en pájaros. Cómo no, también quedó para
fabricar unas alas, que adornó con cuerdas de guitarra (con tanto peso, cuatro
cuerdas no son suficientes). Las colocó suavemente sobre unos bocetos de
mariposas. “Hasta la noche”. Y salió con la mochila en la espalda.

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