Solía ver
aquella pared blanca como si de un hermoso cuadro se tratase. Cada tarde,
después de salir del trabajo, se quedaba observándola totalmente fascinado por
lo que sea que hubiera allí. Un día, llevado por la curiosidad, me escondí
entre los arbustos para estar más cerca, quizás lo que se ocultaba en ella se
encontraba fuera de mi vista, a una altura apropiada para un hombre de su edad.
Después de esperar unas horas, cuando se fue a dormir, me acerqué silenciosamente
y apilé algunas piedras que me permitieron explorar cada parte de ese misterio.
Pero no había absolutamente nada, ni un dibujo, ni una inscripción, ni siquiera
una mancha.
Abandoné la
idea y asumí que el hombre estaba loco, al menos por un buen tiempo. Aunque no
entendía cómo podía ser cuerdo en todo lo demás, excepto al acercarse a esa
pared aparentemente vacía. No podía evitar molestarme al mirarlo por la ventana
y pensar que él veía algo que yo no, como si me lo estuviese ocultando. Tanto
fue así que un día me armé de valor y le pregunté “¿Qué es lo que ve en ella?”
A lo que me contestó que era una pared mágica, y que podía ver lo que yo
quisiera. Pero no conseguí ver nada, por más esfuerzo que hiciese. Creí que se
estaba riendo de mí, aunque sonaba muy convencido. Volví a mirar más de cerca,
concentrándome en cada detalle. “No veo nada” le dije, y sonrió como si
estuviera esperando esa respuesta. “Es un cuadro precioso si tienes los colores
correctos, poesía inspiradora si te entiendes con las letras, incluso una
hermosa melodía cuando encuentras los acordes que te gustan. No busques frente
a tus ojos lo que no tienes en tu mirada”. Y dicho eso, entró en la casa.
No sé por
qué, pero aquello me molestó enormemente. Lo que sea que hubiera allí, él no
estaba dispuesto a mostrármelo, y quizás yo no podría verlo nunca. Volví a mi
habitación a pensar en lo que me dijo, que duró apenas unos segundos pero me
quitó toda una noche de sueño. ¿Cómo se encuentra un color? Sus palabras
parecían tener sentido, sin embargo no las entendía. Si no puedo ver nada es
que sencillamente no está ahí, deben ser puros cuentos.
No sé qué
habrá sido de aquel hombre, no tengo muchos recuerdos más de esa época, yo era
muy pequeño aún. Lo que sí puedo contarles es cómo llegué aquí, aunque no les
daré tiempo exacto porque eso ya no significa gran cosa en este lugar. El
tiempo nos limita porque no sabemos cómo utilizarlo. Pero como iba diciendo, viví
mucho tiempo en esa casa, aburrido de a ratos, ocupado en otros. Como si
estuviera programado para realizar una rutina, para sobrevivir, y cuando se me
dejaba libre no sabía qué hacer más que esperar a que me den otra orden. Un día
estaba enojado, por alguna razón, y comencé a garabatear las paredes de mi
habitación. Letras, figuras, o simplemente manchas de colores, no me importaba,
me sentía frustrado y quería que alguien lo supiera, quería significar algo, ser
más que otro árbol en un bosque silencioso. No me pregunten cómo, pero en un
determinado momento los garabatos adoptaron formas increíbles, casi como si
estuvieran vivos. Vi colores que no conocía, frases, música… un mundo
completamente nuevo. Quizás encontré algo mío o tomé una realidad compartida
por muchos que yo nunca había visto, realmente no importa, quería ser parte y
continué creando esos mundos. No recuerdo el momento en que me quedé sin tinta,
pero no evitó que los trazos continuaran apareciendo.
Ahora
entiendo, o eso creo, lo que significaba esa pared en blanco. El que estaba en
blanco era yo, completamente vacío, tomando por loco a quien había descubierto
lo que yo, muchos años antes. En cuanto a aquella tarde en mi habitación, en mi
antiguo mundo, antes de perder el aliento observando paredes “en blanco”, lo
último que recuerdo es la voz de ese hombre, del que ni siquiera supe el
nombre, diciéndome que sueñe todo lo que quisiera, pero en susurros, no tan
fuerte como para despertar al mundo que todavía intenta dormir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario