lunes, 26 de enero de 2015

Colores invisibles

Solía ver aquella pared blanca como si de un hermoso cuadro se tratase. Cada tarde, después de salir del trabajo, se quedaba observándola totalmente fascinado por lo que sea que hubiera allí. Un día, llevado por la curiosidad, me escondí entre los arbustos para estar más cerca, quizás lo que se ocultaba en ella se encontraba fuera de mi vista, a una altura apropiada para un hombre de su edad. Después de esperar unas horas, cuando se fue a dormir, me acerqué silenciosamente y apilé algunas piedras que me permitieron explorar cada parte de ese misterio. Pero no había absolutamente nada, ni un dibujo, ni una inscripción, ni siquiera una mancha.
Abandoné la idea y asumí que el hombre estaba loco, al menos por un buen tiempo. Aunque no entendía cómo podía ser cuerdo en todo lo demás, excepto al acercarse a esa pared aparentemente vacía. No podía evitar molestarme al mirarlo por la ventana y pensar que él veía algo que yo no, como si me lo estuviese ocultando. Tanto fue así que un día me armé de valor y le pregunté “¿Qué es lo que ve en ella?” A lo que me contestó que era una pared mágica, y que podía ver lo que yo quisiera. Pero no conseguí ver nada, por más esfuerzo que hiciese. Creí que se estaba riendo de mí, aunque sonaba muy convencido. Volví a mirar más de cerca, concentrándome en cada detalle. “No veo nada” le dije, y sonrió como si estuviera esperando esa respuesta. “Es un cuadro precioso si tienes los colores correctos, poesía inspiradora si te entiendes con las letras, incluso una hermosa melodía cuando encuentras los acordes que te gustan. No busques frente a tus ojos lo que no tienes en tu mirada”. Y dicho eso, entró en la casa.
No sé por qué, pero aquello me molestó enormemente. Lo que sea que hubiera allí, él no estaba dispuesto a mostrármelo, y quizás yo no podría verlo nunca. Volví a mi habitación a pensar en lo que me dijo, que duró apenas unos segundos pero me quitó toda una noche de sueño. ¿Cómo se encuentra un color? Sus palabras parecían tener sentido, sin embargo no las entendía. Si no puedo ver nada es que sencillamente no está ahí, deben ser puros cuentos.
No sé qué habrá sido de aquel hombre, no tengo muchos recuerdos más de esa época, yo era muy pequeño aún. Lo que sí puedo contarles es cómo llegué aquí, aunque no les daré tiempo exacto porque eso ya no significa gran cosa en este lugar. El tiempo nos limita porque no sabemos cómo utilizarlo. Pero como iba diciendo, viví mucho tiempo en esa casa, aburrido de a ratos, ocupado en otros. Como si estuviera programado para realizar una rutina, para sobrevivir, y cuando se me dejaba libre no sabía qué hacer más que esperar a que me den otra orden. Un día estaba enojado, por alguna razón, y comencé a garabatear las paredes de mi habitación. Letras, figuras, o simplemente manchas de colores, no me importaba, me sentía frustrado y quería que alguien lo supiera, quería significar algo, ser más que otro árbol en un bosque silencioso. No me pregunten cómo, pero en un determinado momento los garabatos adoptaron formas increíbles, casi como si estuvieran vivos. Vi colores que no conocía, frases, música… un mundo completamente nuevo. Quizás encontré algo mío o tomé una realidad compartida por muchos que yo nunca había visto, realmente no importa, quería ser parte y continué creando esos mundos. No recuerdo el momento en que me quedé sin tinta, pero no evitó que los trazos continuaran apareciendo.
Ahora entiendo, o eso creo, lo que significaba esa pared en blanco. El que estaba en blanco era yo, completamente vacío, tomando por loco a quien había descubierto lo que yo, muchos años antes. En cuanto a aquella tarde en mi habitación, en mi antiguo mundo, antes de perder el aliento observando paredes “en blanco”, lo último que recuerdo es la voz de ese hombre, del que ni siquiera supe el nombre, diciéndome que sueñe todo lo que quisiera, pero en susurros, no tan fuerte como para despertar al mundo que todavía intenta dormir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario