sábado, 11 de julio de 2015

Lapiceras vacías

Se aspiraba ese aroma a nostalgia que es el triste consuelo de una presencia que se convirtió en humo. Y decidí apagar la música porque ninguna nota se asemeja al tono de esa risa que, al recordarla, suena casi como una burla a un gesto que ya ni se inmuta. Recorrí el papel con mis dedos y me sorprendió lo áspero que se sentía, casi como si no quisiera que lo impregnaran unas letras tan vacías. Tomé la pluma, que igual hubiera sido si tomaba un trozo de hielo porque me congeló las manos, y la apoyé contra el papel.

Pero las letras no salían, por más que lo intentara no querían tomar forma. Como si fueran actores sin guiones, negándose a continuar con una obra que ni siquiera tenía espectadores. No sé cuánto tiempo me habré distraído intentando recordar dónde había ido el público, contando a uno por uno cuando los veía salir por la puerta, porque cuando vi el papel tenía una gran mancha de tinta. Y entonces lo entendí. No era culpa del papel, de la pluma o de las letras. No era la música el ruido, ni la nostalgia la culpable de que estuviera despierta tan tarde. Era yo, una lapicera vacía que intentaba escribir, un actor que enmudeció y olvidó su guión. Era yo quien no podía gritar porque había regalado su voz.

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