sábado, 11 de julio de 2015

La infinidad de un segundo

El reloj se ríe y susurra que te duermas. El tiempo no corre, queda parado delante de ti como si se estuviera burlando. Espera que avances, te reta a hacerlo, sabiendo perfectamente que no puedes. Es hasta gracioso, tantas veces que lo necesitaste y ahora sobra. Sobra tanto que ahoga.
Como haciendo equilibrio sobre el minutero, encadenado al ciclo infinito del tiempo, con el presente derrumbándose y cubriendo las salidas, y el futuro desapareciendo en un parpadeo. Dentro de un laberinto con sombras inmóviles, atemporales. ¿Las he visto antes? Si son o están, no importa, ya no puedo escucharlas, porque ya no soy, ni estoy, ni me importa nada.
Recuerdo esa habitación en algún rincón del mundo, o quizás me la imagino. Tan grande como nuestros demonios, tan pequeña que no cabría un suspiro. Cuatro paredes que daría lo mismo si no estuvieran ahí, porque éramos nosotros los que estábamos limitados. Sujetándonos con fuerza de una rutina, mientras la realidad se cae a pedazos.
El mundo avanza tan rápido y aún no puedes levantarte. O no quieres. La vida sigue y no espera a nadie, pero tampoco quieres seguirle el paso. ¿Con qué objetivo? No hay prisa. Aunque el tren siga avanzando no hay nadie esperando en la otra estación, al final de estas oxidadas vías.

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